él no debería estar allí

Él no debería estar allí, pero lo cierto es que allí se encontraba. Rodeado de un silencio tranquilizador, apenas interrumpido únicamente por el trinar de algunos pájaros, que en aquella hora de la mañana, revoloteaban por los árboles. A los lejos, el murmullo de uno larga hoja de palmera, que con  rutinaria coreografía, deslizaba sobre  la acera el barrendero del barrio. 

Pero él, no debería estar allí, ¡no!, a pesar de que todo le resultaba familiar: el trinar de los pájaros, el baile de la singular escoba, la luz del alba y el aire fresco, aparentemente sano que hay a esas horas en la ciudad.

Pero sí, allí estaba, aunque él no debería estar allí, sentado en el banco de la parada de guaguas, con su viejo maletín de piel, gastado y roñoso sobre sus rodillas agarrado con sus dos manos. Su mirada perdida, no mostraba apenas interés por los pocos parroquianos que se iban incorporando, en espera de la guagua que les llevará a sus trabajos. Apenas un cumplido “buenos días”, esos buenos días, que solo se dan a primera hora de la mañana entre desconocidos y que según pasan las horas y las calles se llenan de gente, se va perdiendo. “Buenos días” susurraba entre dientes y otra vez a esperar que pasen los minutos, en espera de la 014.

Y aunque él no debería estar allí en ese momento, allí había estado a la misma hora, con hastiada rutina diaria, interrumpida únicamente por fines de semana y fiestas de guardar, durante los últimos 30 años. Siempre esperando la guagua, siempre esperando un mañana en que no tener necesidad de estar allí.

Un día más nuevamente, allí estaba, aunque, él ya no tenía que estar allí. Pero es que allí, sentado en ese banco es donde ha dejado todos sus pensamientos, sus inquietudes, sus sueños. El lugar donde disponía de apenas unos minutos para pensar y ordenar su cabeza antes de subir a la guagua: sus dos hijos, que hace años, ya volaron del nido y viven en otras ciudades, su mujer, su amada esposa, compañera infatigable de  toda una vida de sueños e ilusiones y que como él, ansiaba y coqueteaba con la idea de que llegara el momento de que él, ya no tuviera que estar allí. 

Así, y aunque él ya no debería estar allí, allí estaba, y un día más vio como la 014, apareció por la esquina de la calle, al tiempo que los pocos usuarios que le acompañaban a esa hora, se levantaban del banco y se iban situando en el lugar donde previsiblemente, el chofer aproximaría la puerta. Pero él permaneció sentado, sin apenas un gesto para levantarse y ocupar su lugar en la cola. Así, impasible, tal y como se había mostrado todo este tiempo, vio como los otros subían a la guagua e iban ocupando sus asiento, ésta cerraba la puerta y continuaba calle arriba con destino a la siguiente parada.

Pero él no debería estar allí, así solo cuando la guagua era apenas un puntito verde al final de la calle, tomó aliento y cogió su viejo maletín con una mano, se levantó y puso rumbo de  regreso a su casa. Lo hizo despacio, sin prisa, sin importarle apenas el tiempo que tardase en llegar. Tampoco tenía razón para hacerlo rápido, nadie le esperaba y solo la soledad sería su compañera cuando llegara. Mientra andaba con la cabeza baja y con el maletín vacío de contenido, en su mano derecha, pensaba en todos los sueños que junto a su mujer habían hecho antes de que ésta falleciera, apenas unos meses antes de que él se jubilara. 

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