Mi abuelo y yo junto a la casa de campo donde crecí. Fotografía familiar de los años sesenta que inspira el ensayo "Los perros sin nombre".

Una reflexión personal sobre comunidad, memoria, convivencia y polarización. Desde una casa de campo en los años sesenta hasta el vecino de enfrente de hoy, intento entender cuándo dejamos de ver personas para empezar a ver etiquetas.

Nací a mediados de los sesenta, en una casa de campo con dos vacas, varios cochinos, una cabra, gallinas, conejos y creo recordar que hasta un burro.

También teníamos gatos y perros. Aunque, a decir verdad, a los perros rara vez les poníamos nombre. Vivían con nosotros, pero su alma era libre. Entraban, salían y recorrían caminos como si el mundo entero les perteneciera.

Quizá aquellos perros entendían la libertad mejor que nosotros.

Aunque entonces yo no lo sabía.

A esa edad uno no piensa en la libertad.

Piensa en jugar.

En correr.

En llegar a casa antes de que anochezca.

Franco murió unos años después.

Yo, sinceramente, no me enteré demasiado.

Tenía cosas bastante más importantes que hacer: jugar, ensuciarme los zapatos y descubrir el mundo sin saber que el mundo estaba cambiando.

En mi casa no se hablaba de política.

Nadie me explicó qué era ser de izquierdas.

Nadie me explicó qué era ser de derechas.

Pero había una norma que todos entendíamos: si alguien necesitaba algo, se cruzaba la puerta.

Porque antes de aprender a poner etiquetas a las personas existía algo mucho más sencillo.

El vecino no era de los míos ni de los otros.

Era el vecino.

Y si hacía falta una mano, se echaba.

Quizá por eso escribo esto.

Porque cada vez tengo más dudas sobre cuándo dejamos de ser vecinos para convertirnos en bandos.

No recuerdo que de niño necesitáramos saber qué votaba alguien para ayudarle.

Hoy, en cambio, a veces parece que es lo primero que queremos saber.

Mientras aquella España empezaba poco a poco a quitarse el gris de encima y aprender a vivir en color, yo hacía exactamente lo mismo.

Crecía.

Llegaban los amigos, los futbolines y esas primeras libertades pequeñas que parecían enormes.

Y mientras nosotros aprendíamos a hacernos mayores, España intentaba hacer exactamente lo mismo.

Una señora mayor, un rojo con peluquín, un poeta y hasta aquel señor que yo recordaba en bañador en una playa, terminaron sentándose en la misma habitación.

Y fíjate qué revolución.

Hablaron.

Discutieron.

No estaban de acuerdo.

Pero llegaron a algo.

Nunca fue perfecto.

Pero fue lo que fuimos capaces de construir juntos.

Y, con todos sus defectos, nos llevó mucho más lejos del lugar del que veníamos.

Después apareció un señor que prometía porque podía prometer.

Y más tarde llegó un hombre con chaqueta de pana hablando de algo que sonaba enorme:

El cambio.

«Por el cambio».

Y quizá era solo un lema electoral, pero para muchos fue algo más.

Era la idea de que los hijos de los trabajadores también podían estudiar.

Que el lugar donde nacías no tenía por qué decidir hasta dónde podías llegar.

Que una vida distinta era posible.

Y durante un tiempo muchos sentimos que caminábamos hacia allí.

Qué le vamos a hacer.

Éramos jóvenes.

Después vino la vida.

La vida es un camello astuto.

Primero te regala unas dosis.

Los amigos.

Los sueños.

La sensación de que todo está por estrenar.

Y cuando ya estás enganchado, te pasa la factura.

Los estudios.

La mili.

El trabajo.

Los hijos.

La hipoteca.

Las letras del coche.

Mientras tanto fueron pasando presidentes.

Uno llegó acompañado de un bigote imposible de ignorar y, con los años, hasta de cierto acento texano.

Años después dejó una frase para la historia:

«El que pueda hacer que haga».

Entonces no le di demasiadas vueltas.

Pero con el paso del tiempo he acabado acordándome de ella más de una vez.

Sobre todo ahora.

Cuando veo a unos desde un despacho, a otros desde un micrófono y a algunos más desde donde pueden.

Todos empeñados en echar a un perro que, al parecer, se les ha metido en casa.

Curioso.

En aquella casa de mi infancia, hasta los perros sin nombre tenían derecho a quedarse.

Después llegó el hijo de un zapatero.

Y pasaron cosas terribles.

Dos hombres pudieron casarse.

Dos mujeres también.

Y cada vez resultó más difícil defender que una persona merecía menos derechos por ser mujer, por el color de su piel o por cualquier otra diferencia que nunca eligió.

Muchas personas dejaron de pedir perdón por ser quienes eran.

Y, contra todo pronóstico, el mundo no se acabó.

Más tarde llegó una crisis que nos recordó algo que ya sabíamos: cuando las cosas se ponen feas, normalmente la factura no llega a todos por igual.

Y apareció un señor llamado M. Rajoy.

Nunca he sabido exactamente quién era aquel M. Rajoy del que tanto se hablaba.

Y, por lo que parece, todavía hay mucha gente intentando averiguarlo.

Pero debía de ser alguien importante, porque incluso llegó a presidente.

Pasaron más años.

Y ahora tenemos un perro que se apellida Sánchez.

Un perro curioso.

Algunos dicen que muerde.

Otros que guarda la casa.

Yo, que sigo sin entender demasiado de política, miro alrededor e intento fijarme en otra cosa.

En las personas.

Porque después de tantos años he descubierto algo sorprendente.

Nos parecemos mucho más de lo que nos cuentan.

Casi todos queremos lo mismo.

Que nuestra gente esté bien.

Que nuestros hijos tengan futuro.

Que no falte salud ni trabajo.

Llegar tranquilos a casa.

Entonces hay una pregunta que cada vez me hago más:

Si tú quieres lo mismo que yo…

¿Por qué me gritas?

¿Cuándo decidimos que el vecino era el enemigo?

¿Cuándo dejamos de discutir ideas y empezamos a despreciar personas?

Me preocupa quien necesita que odies a alguien para convencerte de que tiene razón.

Sea del lado que sea.

Porque la historia nos enseña algo incómodo.

Nada viene de serie.

Ni los derechos.

Ni la libertad.

Ni la democracia.

Alguien lo peleó antes.

¿Qué nos ha pasado?

Porque al final amanece.

Suena el despertador.

Buscas las llaves.

Llegas tarde al trabajo.

Y descubres que el vecino de enfrente, ese que anoche las noticias parecían empeñadas en convertir en tu enemigo, también estaba buscando las suyas.


Otros textos del autor: Salir entero

Compartir:

1 comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *