Escribo
sin intención aparente.
No para huir,
sino para poner
las cosas
en su sitio.
A esta edad
ya no se escribe
para explicarse afuera,
se escribe
para saber
qué ruido se queda
adentro
y cuánto
estamos dispuestos
a soportar.
Cada cual se aferra
a su idea
como a una tabla
en alta mar.
El agua
no avisa.
Escuchar
cansa.
Decir
“tienes razón”
a veces
es solo
querer salir
entero.
El cuerpo
lo sabe.
La política
no como trinchera,
sino como ruido
que no se apaga.
La observo de noche,
en una habitación prestada,
cuando Madrid
apaga las luces
pero no descansa.
Me inquieta
lo fácil que resulta
medir a las personas
por una palabra,
por una idea,
por un lado.
Como si elegir
fuera suficiente
para dejar de pensar.
A veces
la ciudad calla,
y ese silencio
no tranquiliza.
Parece espera.
No lo digo en voz alta.
Se nota
en lo que me inquieta.
En las colas.
En las salas de espera
con sillas de plástico
y relojes sin prisa.
En las aulas
donde el futuro
se sienta
en filas desiguales.
Pensar
que nadie debería
quedarse fuera
solo porque
llegó antes
o más tarde.
Hay palabras
que se repiten
como si fueran simples:
gasto,
carga,
impuestos.
Las dicen
como quien suelta peso,
sin mirar
a quién
se le cae encima.
Yo veo otra cosa.
Veo manos
que sostienen
lo común
mientras otros
cuentan
lo que cuesta.
El futuro,
a esta edad,
ya no promete.
Pide cuentas.
Por eso pienso
en jubilarme.
No como huida.
Como ajuste
de peso.
Madrid aprieta.
El trabajo
no termina nunca
de irse a casa.
El estrés
se adelanta
al pensamiento
y ocupa
el cuerpo.
Tengo ganas
de estar dentro.
De no correr
todo el rato
hacia nada.
El tiempo empuja.
Yo escribo.
No para cerrar.
Y volver
cuando haga falta
a comprobar
si ese orden
sigue
sosteniéndose.
Y si no,
es que tienes razón
Este poema dialoga con otros textos sobre tiempo, silencio y escritura publicados en esta misma web.
– El mismo disparo
Maravilloso!!